El ecoturismo debe tener cabida en los espacios naturales

Año a año crece en nuestro país el número de aficionados a la observación y fotografía de fauna, una actividad que hasta ahora era minoritaria y que supone un nuevo "uso", ajeno y hasta contrario a la caza pero que se interesa por los mismos "elementos de la naturaleza". Tanto crece que en algunos (muchos) lugares del ámbito rural se empieza a entrever un futuro en el que la caza ya no será (o ya no es) ni la única ni la más lucrativa fuente de ingresos al alcance de pueblos y terratenientes.

Es curioso pero algo que, aparentemente, debería ser visto con buenos ojos desde la administración, habida cuenta que llevamos más de 15 años promulgándolo, ahora parece estar volviéndose en su contra. Y es que las regulaciones de hace solo unos años no preveían la forma en la que la sociedad quiere disfrutar realmente y de forma legítima de sus espacios naturales. Así nos encontramos con la paradoja de que las actividades que supuestamente debían traer desarrollo, empleo y progreso a las zonas naturales, donde otro tipo de actividades más impactantes no deberían tener cabida, se encuentran ahora con todo tipo de dificultades y negativas que, cuando menos, suponen una seria traba a su desarrollo y las incitan a implantarse fuera de las zonas protegidas. De forma resumida podemos decir que se prohibe la fotografía allí donde se promueve la caza, o se prohiben las visitas con prismáticos, allí donde se autoriza barrer un bosque con jaurías de perros y escopetas. Por no citar asuntos mayores que implican destrucción de grandes áreas naturales protegidas en post de un desarrollo artificial que solo puede beneficiar a unos pocos, pero desde luego no a la sociedad ni a las generaciones futuras.

Sin duda, es contraproducente llevar el desarrollo basado en la naturaleza fuera de los espacios protegidos. No es así como la sociedad ni los habitantes de nuestras áreas naturales ven el futuro de las zonas protegidas.

En muchos casos, por no decir de forma sistemática, estas actividades ecoturísticas relacionadas con la observación de la fauna se han encuadrado de forma genérica en los planes de gestión y ordenación del territorio en el capítulo de actividades potencialmente perjudiciales y sometidas a estricta regulación, lo que dificulta su realización y acota sus libertades por encima, por ejemplo, de los derechos de un usuario particular. Todo esto además ocurre en el momento en que estas actividades comienzan a tener capacidad de ser realmente viables, generar puestos de trabajo y atraer visitantes a los espacios naturales, más allá de unos pocos enclaves privilegiados o especialmente excepcionales.

Pero hemos promovido un uso inicial de los espacios naturales para beneficio de unas pocas actividades básicas, sin tener en cuenta todo un sector que está deseando implantarse y crecer sobre las bases del desarrollo sostenible. Y ahí debería estar la administración volcada en apoyar, regular y supervisar esas actividades, no para prohibirlas ni perseguirlas, sino como colaborador necesario, guiando el desarrollo de la actividad empresarial para garantizar que resulte beneficiosa tanto a sus impulsores y empleados como al resto de la sociedad. Sin duda, una colaboración público-privada en este sentido es deseable y puede ser muy beneficiosa para todas las partes. Y el sector privado está ahí esperando que la administración realmente quiera tenderle

la mano.

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